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HERMES.―Deja el trofeo en el suelo: en el infierno hay paz y no se necesitan las armas para nada. Y ése de venerable aspecto, que tiene un aire desdeñosos, que lleva arqueadas las cejas, que está sumido en meditación y que luce una espesa barba, ¿quién es?
MENIPO.― Un filósofo, Hermes, o, más bien, un mago, un hombre lleno de charlatanería; de modo que también a él desnúdalo: verás muchas cosas ridículas ocultas bajo su manto.
HERMES.― Quítate primero el porte y luego todo lo demás. ¡Oh Zeus! ¡Cuánta vanidad lleva consigo! ¡Cuánta ignorancia, sofistiquería, vanagloria, problemas insolubles, discursos espinosos y razonamientos complicados! Y luego muchísimo trabajo inútil y no poca charlatanería, frivolidades y palabras sin sustancia. ¡Por Zeus! También llevas estos objetos de oro, sensualidad, desvergüenza, cólera, voluptuosidad y molicie! Porque no se me ocultan tales cosas, aunque las escondes con cuidado. Deja también la mentira y el orgullo y el pensar que eres mejor que los demás. Porque si te embarcas con todo esto, ¿qué nave de cincuenta remos podrá sostenerte?
EL FILÓSOFO.― Pues bien, todo lo dejo, puesto que así lo ordenas.
MENIPO.―Que también deje esas barba, Hermes, que es pesada y espesa, como ves: por lo menos son cinco minas de pelos.
HERMES.―Dices bien: ¡quítatela!
EL FILÓSOFO.―¿Y quién habrá que me la corte?
HERMES.―Menipo te la cortará con el hacha de los constructores de navíos, usando como tajo la pasarela.
MENIPO.―No, Hermes; dame más bien una sierra, porque así será más divertido.
HERMES.―El hacha basta. ¡Muy bien!
Ahora, después de haberte librado de tu olor a chivo, pareces más humano.
MENIPO.―¿Quieres que le corte también parte de las cejas?
HERMES.―Sí, pues las tiene levantadas sobre la frente, irguiéndose con soberbia, no sé por qué...¿Qué es esto? ¿También lloras, basura, y sientes pavor ante la muerte? Sube de una vez.
MENIPO.―Aún lleva escondida euna cosa muy peseada.
HERMES.―¿Qué cosa, Menipo?
MENIPO.―La adulación, Hermes, que le ha sido útil para muchas cosas en la vida.
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