martes, 15 de diciembre de 2009

Sebastián

"Sebastián no querría nunca confesarlo, y hace bien, pero había llevado a cabo el estúpido ritual de los suicidas, colgar la cuerdas de un gancho para las cortinas y comprobar su resistencia, arrojar monedas por la ventana y calcular el tiempo que tardaría su cuerpo en caer al patio (apenas cuatro segundos), buscar en el botiquín esas pastillas letales que matan dulcemente a las estrellas de cine. En fin, que por esas tonterías ya había pasado, con enorme vergüenza, es verdad, pero con la apropiada solemnidad. ¿Y quién no? Todo el mundo quiere morir en algún momento y hasta hay quien lo consigue. Pero a Sebastián todo este fastidioso asunto del suicidio le parecía una cursilería, además de una banalidad. Cada vez que se acercaba a la muerte, la muerte se reía de él. Y luego, sin poder evitarlo, él también se reía. No tenía ya edad para estas cosas. Regalarle a la Muerte un hombre viejo y cansado, y Sebastián se sentía un hombre viejo y cansado pese a no serlo, era como ofrecerle dinero a un magnate."

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