domingo, 20 de junio de 2010

[...] olvidé cerrar alguna puerta; y así a pesar del brutal desmoronamiento de tu imagen te fui fiel hasta el final, pude soportar los golpes como un animal manso y resignado, y en ningún momento me volví contra ti, no por temor a tus perros de presa, sino por ese terco afán de mantener intacta mi decisión de no desagradarte.