lunes, 17 de mayo de 2010

Tengo una perra. Una de esas de mil razas.
No recuerdo el momento exacto en el que alguien la trajo a casa, pero, como suele pasar con este tipo de perros, me dijeron que no crecería mucho, era tan pequeña...
Tendríais que verla ahora, tiene el tamaño de un lobo, y su ferocidad.
Cuando camino un poco más de la cuenta me muerde los tobillos, algunas veces consigue hacerme caer ,¡pam!, de bruces al suelo; es así como le gusta verme, nunca se muestra tan cariñosa como cuando estoy indefensa. Le gusta jugar conmigo, sabiendo que puede ganar.
Intento educarla, pero cuando me mira con esos ojitos grises, no puedo decirle que no.
Duerme siempre conmigo, o casi siempre.
Ya ocupa casi toda la cama, pero me he acostumbrado a su compañía.
Qué haría ahora sin ella.
Sí, duerme conmigo, o yo duermo con ella. Me lame las piernas y me llena la cama de pulgas. De chinches, de esas de las que hablan los libros de la gente que vive en París. Chinches del espíritu, claro, por hablar en el lenguaje que me han enseñado. Me cuesta descubrir las picaduras, pero lo que no puedo obviar es la falta de sangre.
Me roba mientras duermo, pero ¡es tan bonita!
La abrazo, y me pica todo el cuerpo. El cuerpo y el espíritu, claro, el espíritu me escuece.
Ya tenía nombre cuando llegó, se llama Angst.
A Angst no le gustan las visitas, cuando alguien amable pasa por aquí se esconde, pero la oigo gruñir agazapada bajo la cama. ¡Pobrecita! Lo habrá pasado tan mal...
Siempre tengo que buscar excusas para echar a la gente y, así, hacer que ella vuelva a estar tranquila.
A veces pienso en escaparme, ya que no puedo abandonarla.
Entonces viene a mi cabeza aquel anuncio "él nunca lo haría".
Cuánta razón, Angst, bonita, tú nunca me dejarías.

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